“PEQUEÑAS OBRAS MAESTRAS”

“PEQUEÑAS OBRAS MAESTRAS”

–Carta de Napoleón a su ministro Fouché–

Por: Carmelo Corripio Pineda “El Búho”

BUHO

Napoleón Bonaparte durante diez años se sirvió de José Fouché como su ministro de Policía, librándose entre ellos una lucha psicológica guiada por el poder genial del emperador y el trabajo y astucia de su ministro, éste con una personalidad ambigua e independiente muchas de las indicaciones de su amo las desobedecía; y, aquel, dueño del mundo, se ponía colérico y se asfixiaba por la actitud personal para enfrentar los asuntos del país y del mundo. Por eso en 1804, en pleno poderío del emperador, éste lo despide y le dirige la siguiente carta que en el concepto de la historia es una obra maestra.

“Señor duque de Otranto: Sé que servicios me ha prestado y confío en su lealtad a mi persona y creo en el celo que ha puesto en servirme. Sin embargo, me es imposible conservarle en el cargo de ministro; me expondría con ello demasiado. El cargo de ministro de Policía requiere confianza plena e ilimitada, y esta confianza no puede persistir desde el  momento que expuso, en una cuestión importante, mi tranquilidad y la del Estado, lo que a mis ojos no se puede excusar ni con motivos loables. Su opinión extraña de los deberes de un ministro de Policía, no está de acuerdo con el bien del Estado. Sin dudar de su lealtad y fidelidad, tendría que someterle, a pesar de ello, a una vigilancia constante y molesta que no se me puede exigir. Sería  necesario vigilarle por las muchas cosas que usted hace por su propia cuenta, sin saber si corresponden a mi voluntad e intención… No puedo esperar que ha de cambiar usted de actitud, ya que desde hace años mis observaciones ostensibles de descontento no consiguieron en usted cambio alguno. Basado en la pureza de sus propósitos, no ha querido usted comprender, cuanto mal se puede originar con la intención de hacer el bien. Mi confianza en su talento y en su fidelidad es inquebrantable. Espero tener pronto ocasión para demostrar lo primero y utilizar lo segundo en mi servicio.”

Esta carta nos descubre como una clave secreta lo más íntimo de las relaciones entre Napoleón y Fouché; tómese la molestia de releer esta pequeña obra maestra para sentir como se cruzan en cada frase deseo y repulsa, simpatía y antipatía, temor y estimación secreta. El autócrata quiere un esclavo y se irrita al chocar con el hombre independiente. Quiere desembarazarse de él y, sin embargo, no tenerlo por enemigo. Siente perderle y, al mismo tiempo, está contento de haberse quitado de encima al hombre peligroso.

Pero a la par que aumenta en Napoleón la conciencia de sí mismo, aumenta también de manera gigantesca la de su ministro. Y la simpatía general enderezaba más aun la espalda de José Fouché. No, tan fácilmente no se puede despedir ya al duque de Otranto. Napoleón ha de ver que aspecto ofrece su ministerio de Policía cuando se le cierran las puertas a José Fouché; y su sucesor ha de creer que se sienta en un nido de avispas y no en un sillón ministerial, si se tiene la osadía de quererle remplazar. No se ha estado afinando durante diez años este instrumento maravilloso para que un soldadote tosco, un novato de la diplomacia, un chapucero, venga a manejarlo torpemente y muestre como obra propia lo que inventó su antecesor en días y noches trabajosos. No, no ha de ser su despido tan fácil como lo imaginan. Han de darse cuenta, tanto Napoleón como Savary, de que un José Fouché no enseña solo la espalda doblada como los demás, sino que sabe enseñar también los dientes.

Fouché está decidido a no marcharse con la cabeza baja. No quiere una paz ambigua, una capitulación displicente. No es tan torpe que se decida a presentar franca resistencia: eso no va de acuerdo con su carácter. Solo una bromita quiere permitirse, una bromita pequeña, ingeniosa, divertida, en que ha de deleitarse Paris y aprender Savary que existen trampas famosas en los dominios del duque de Otranto. Siempre hay que volver a recordar el rasgo diabólico y extraño en el carácter de José Fouché de que precisamente la indignación más extremada estimule en él un deseo cruel de bromear; que su valor al intensificarse, no se hace varonil, sino que se convierte en temeridad grotesca y peligrosa. Nunca pega con el puño al ser atropellado, sino con la vara de bufón, cruelmente, burlando al contrario. Todo lo que se esconde en este hombre hermético y frio, de instintos apasionados, rezuma en estas ocasiones, sale al exterior; y esos momentos de alegría aparente en la ira son, al mismo tiempo, los que descubren mejor su naturaleza subterránea y fogosa, mágica y diabólica.

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